Cuba, al día siguiente…

Los pesimistas suponen que los Castro nunca van a morir. Los optimistas aseguran que sí y todos los males de la isla, por prestidigitación, ¡resueltos! ¿Cómo saldrán los cubanos de la dictadura? ¿Después de los Castro permanecerá unido el partido? ¿Qué harán las fuerzas armadas? Escenarios posibles: Transición con régimen civil fuerte. Transición con pretorianismo. Transición con régimen cívico-militar. Cualquiera sea la forma del gobierno, éste deberá legitimarse mediante elecciones libres.

Por Alejandro Arratia

Los pesimistas suponen que los Castro nunca van a morir y, por tanto, el poder seguirá eternamente en sus manos. Los optimistas aseguran que sí fenecerán y todos los males de la isla, al siguiente día, por prestidigitación, ¡resueltos! No soy del bando de los pesimistas. Los dictadores sí mueren: Stalin y Hitler, Mao Zedong y Kim Il-Sung, Rafael Leónidas Trujillo y Juan Vicente Gómez, configuran pruebas irrefutables. Tampoco milito en el optimismo. La desaparición de los Castro es insuficiente, será una conmoción de resultados imprevisibles, entre ellos la indeseable eventualidad de que el partido y las fuerzas armadas controlen la situación. Queda pendiente la pregunta, ¿cómo saldrán los cubanos de la dictadura?

Yoani Sanchez 1No todo está perdido, es posible que aún en vida de los octogenarios dictadores el régimen sea derrotado. Después de la caída del imperio soviético nada puede ser imposible. La desaparición de los Castro activará la entrada en acción de todos los factores; partido, fuerzas armadas, iglesia, población formalmente organizada (por el régimen o por los opositores), líderes de la resistencia interna, población no organizada, comunidad internacional. Falta espacio e información para diseñar diversas hipótesis del comportamiento de cada variable, vamos entonces a especular sobre el escenario con mayores probabilidades, limitándonos a breves comentarios de actores insoslayables, el partido y las Fuerzas Armadas.

El factor primordial es el partido. La maquinaria extendida a lo largo y ancho de la isla defenderá el sistema por razones ideológicas, personales y grupales. Hasta aquí la perogrullada. La cuestión de fondo es si en la crisis –inmediata o diferida- el partido permanecerá unido. La respuesta la encontramos en las características del régimen. El castrismo es una dictadura totalitaria: abarca toda la sociedad, la ahoga, invade la intimidad de los hogares y los individuos con una ideología oficial. La economía está centralizada y el gobierno monopoliza los medios de comunicación. El ejército, al menos en la teoría, depende del partido. Las fuerzas armadas comparten el control de las armas con los aparatos de seguridad.

En Cuba hay un totalitarismo sui generis, pues, tiene características adicionales propias del caudillismo latinoamericano del siglo XIX: no admite eventuales sucesores (remember el Gral. Arnaldo Ochoa), el jefe reina por encima de cualquier estructura de partido o gobierno, sistema y líder conforman una identidad, la narrativa revolucionaria discurre intrínsecamente vinculada a la vida de los Castro. Y si ello fuera poco, la forma de trasmisión del poder ha sido la propia de una monarquía. Los canales de promoción de los dirigentes –civiles y militares- son muy escabrosos; la meritocracia es la gran ausente, la inseguridad y expectativas para el día siguiente obligan a tejer con sigilo redes en defensa del futuro personal.

EjércitoEl ejército no es una milicia ni un pueblo en armas ni destacamentos guerrilleros; es una fuerza regular con oficialidad profesional y disciplina vertical. Posee un activo estimado de 85.000 efectivos con experiencia de combate. En la isla del racionamiento conforma un estamento con privilegios (hasta donde alcanza) que ha defendido y va a continuar luchando por preservarlos. La presión y las fricciones civil militar siempre han existido, el ejército conoce el límite del juego. Su intervención ha estado condicionada a la fuerza del partido y los niveles de adhesión ciudadana a las instituciones oficiales; es decir, se han limitado a ejercer influencia legal institucional en defensa de sus intereses corporativos.

En el comunismo el partido se atribuye el derecho moral a gobernar y ser obedecidos, crea un complejo de procedimientos e instituciones que constituyen una estructura política autorizada a imponer obediencia. En Cuba la identificación de la población con los líderes y la burocracia ha sufrido un fuerte resquebrajamiento por la represión y las penurias económicas, debilitamiento que aumentará con la apertura comercial y las relaciones con el mundo civilizado; por ello, no es osadía afirmar que, aun manteniendo la unidad del partido y garantizando niveles aceptables de funcionamiento de la maquinaria administrativa, la insurgencia civil y militar post Castro acrecienta los márgenes de producirse.

Octogenario 3En la desaparición de los Castro, que, reitero, no es el único escenario posible, el profesionalismo del ejército les permitirá analizar y juzgar a su manera los acontecimientos políticos y derivar conclusiones: la intervención indirecta, presionando a favor o en contra de la fórmula civil de transición; o directa, dando la cara a nombre del pueblo, de la revolución, de la democracia; y, en caso extremo no descartable, asumir el poder enarbolando la defensa del socialismo. Más de un jefe castrense ya está soñando con repetir la experiencia de quienes dejan el espacio libre; sin embargo, la diferencia de época (sin guerra fría, globalización, predominio de la democracia) presenta la opción continuista muy cuesta arriba.

En resumen: a. estabilidad, transición con régimen civil fuerte por el apoyo de los diversos sectores (supra, 2º párrafo). Desde nuestro punto de vista tiene la primera opción. b. Inestabilidad, transición con pretorianismo, gobierno civil con fuerte influencia del ejército y amenaza permanente de desplazamiento por equipos de gobierno más sumisos. c. Transición con régimen cívico-militar, la estabilidad dependerá de la gestión político administrativa. Cualquiera sea el gobierno de transición carecerá de legitimidad de origen, la emoción de la libertad y los cambios económicos y sociales no resuelven esa insuficiencia sustantiva; por lo tanto, deberá legitimarse mediante elecciones universales, directas y secretas.

Economícese la acusación de “jugando con un tema tan serio” y, con sobrada razón, presto a herir sensibilidades. Lejos de nosotros la futurología. Pensar en las salidas de la situación cubana -no intentamos exponer múltiples alternativas- contribuye a los razonamientos (brainstorming?) desapasionados -para no calificarlos de objetivos- acerca de cómo contribuir al logro real del mejor escenario. Permítanme cerrar con unas frases de Fernando Savater: <<El optimista se queja de lo mal que va todo comparado con lo bien que según él podría y debería ir; el pesimista se conforma con que no vaya todo lo mal que temía y se aferra con desesperado entusiasmo a los beneficios parciales de cuya probabilidad dudaba y de cuya fragilidad está convencido […] No hacerse ilusiones sobre la condición del hombre y los logros que puede alcanzar no es lo mismo que rendirse ante lo inevitable y renunciar a mejoras racionales que no parecen imposibles>>

De los libros

<<…es corriente la premisa, la creencia irreflexiva en que, de una u otra manera, es “natural” que las fuerzas armadas obedezcan al poder civil. Por lo tanto, en los casos en que aparece quebrantado el poder civil se consideran, si es que se los considera, como alteraciones aisladas, después de lo cual las cosas retornarán a su cauce “normal”. Pero no se ofrece argumento alguno capaz de demostrar que el control civil de las fuerzas armadas sea realmente “natural”. ¿Lo es? En vez de preguntar por qué los militares se dedican a la política, deberíamos sin duda preguntar por qué alguna vez no lo hacen. Pues a primera vista son abrumadoras las ventajas políticas de los militares frente a otros grupos civiles. Los militares disponen de una organización inmensamente superior. Y poseen armas>> (p. 16)

Samuel Edward Finer (1969): Los militares en la política mundial. Editorial Sudamericana. Buenos Aires.
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