La guerra sí ha terminado (y 3)

La narrativa realista de La guerra ha terminado nos ofrece una reflexión desencantada de las enseñanzas y el valor de los ideales, ¿qué vigencia tienen las ilusiones y los sueños de juventud?  Diego vive en la incertidumbre, se enoja, pasa por el momento de la autoevaluación, se interpela. La película nominada al Oscar “Mejor guion extranjero” y premiada por el Círculo de Críticos de Nueva York como “Mejor película extranjera”, ha recibido más de cuatro décadas de reconocimiento de la sociedad española, ratificando con creces su mensaje, el mismo  que la insensata terquedad izquierdista se niega a escuchar.

   por Alejandro Arratia

  “Un lugar ideal, único, para reflexionar sobre Europa,para meditar sobre su origen y sus valores. Para recordar a los jóvenes visitantes -miles cada año-, a los estudiantes del mundo entero que hacen allí cursillos de historia, que las raíces de Europa pueden encontrarse en ese lugar, en las huellas materiales del nazismo y el estalinismo, contra las cuales, precisamente, se inició la aventura de la construcción europea. Unas huellas visibles a simple vista: en lo alto de la colina, la chimenea achaparrada del crematorio, apagada para siempre, recuerda a las decenas de miles de muertos del campo nazi, a quienes encontraron su tumba en las nubes, como escribió Paul Celan. Al pie del Ettersberg, en cambio, en los límites del antiguo campo de cuarentena, un joven bosque plantado por las autoridades de la RDA oculta las fosas comunes en las que están sepultados, en desorden, anónimos, los miles de cadáveres del campo estalinista”.
Jorge Semprún. “Mi último viaje a Buchenwald”. Le Monde 2010

    El guion de La guerra ha terminado nació del ingenio y las vivencias de Jorge Semprún (Madrid, 1923–París, 2011).  Militante del Partido Comunista en 1942, expulsado en 1964.  Utilizaba en Francia y para la actividad clandestina en España (1953-1962), entre otros seudónimos,  Federico Sánchez y Juan Larrea. Produjo un libreto autobiográfico, el personaje central, Diego Mora, es Federico o Juan, y Jorge en la legalidad cotidiana. Su contribución con el cine quedó registrada en 15 guiones, de ellos dos con Alain Resnais, La guerra ha terminado y Stavisky;   tres con Costa Gavras,  La confesión, Z  y Section Speciale.

    Diego, cinco lustros conspirando en primera línea, renunció al mundo profesional y apartó cualquier compromiso familiar. Una vida en tensión, lo fundamental era la seguridad. Sin embargo, Federico observa la evolución de su  país y expone planteamientos pragmáticos, choca con la dirección del Partido que confunde deseos con realidad.  Le exaspera las propuestas violentas de los insensatos. Su disciplina se debilita. Lo asaltan serias dudas de que la huelga general convocada por la Dirección del PCE, tenga posibilidades de triunfo. Siente el agobio de años de esfuerzo inútil y va cayendo en el escepticismo.

    El comunismo, utopía que ofrecía alcanzar paraísos todavía inexistentes en la tierra, sacrificó millones de hombres. Resultó una quimera (en la acepción de, “aquello que se propone a la imaginación como posible y verdadero, no siéndolo” RAE), y, como lo demostró 70 años de socialismo real, siendo un monstruo. Por ello la narrativa realista de La guerra… nos ofrece la reflexión de Diego, desencantado de las enseñanzas y el valor de los ideales, ¿qué vigencia tienen las ilusiones y los sueños de juventud?  A Diego la incertidumbre lo saca fuera de sí, se enoja. Pasa por el momento de la autoevaluación, se interpela.

    Miles  de ‘diegos’ desencantados constituyen un capítulo relevante de la historia de los Partidos Comunistas en el mundo. Millares con menos suerte que Jorge  fueron eliminados por Stalin  en la URSS, o por el PC en España (1936). La misma medicina en Europa, América Latina y en el más apartado rincón de la geografía donde el comunismo tuvo organización. Lo normal era liquidar  los traidores y garantizar la disciplina.  Ejemplos emblemáticos: León Trotski en manos de Ramón Mercader,  un ‘cuadro’ del PC español especialmente entrenado por los soviéticos; y el fusilamiento del Gral. Arnaldo Ochoa por los Castro.

    En el expediente elaborado por el PCE para expulsar de sus filas al preso Nº 44909 del Campo de Concentración de Buchenwald (segundo después de Auschwitz, propiedad de la dictadura nazi, 1937-1945, y de la dictadura soviética, 1945-1950) debe constar como causal, la condición burguesa (epítetos y tono de rutina) de Jorge Semprún. En este caso no se equivocaban, una excepción,  el ex camarada Federico Sánchez  provenía de clase alta por rama materna y paterna. Nieto de Antonio Maura, jefe del Partido Conservador, cinco veces presidente del Consejo de Ministros en el reinado de Alfonso XIII.  

    Juan Larrea diverge de la dirección igual que miles en los PC. Los militantes no expresaban los desacuerdos, pero derivaron la admiración a los dirigentes, en cuestionamiento y duda sobre sus capacidades, también en desprecio. A fuerza de autosuficiencia y fundamentalismo los jefes extinguieron al camarada-guía y dieron cabida al burócrata-autoritario.  Los calificativos para justificar sanciones a militantes fueron repeticiones de frases sacadas de los manuales. Diego Mora busca su identidad perdida en el colectivismo partidista, debía encontrar un lugar más amplio que las estrechas parcelas sectarias en las que había sumergido su vida.

    Años duros, cambiantes, complejos, la vanguardia no puede dirigir a distancia una población que desconoce. Un grave error el propósito de guiar masas por el retrovisor cuya única imagen reflejada era la confrontación entre hermanos. La guerra ha terminado, fue nominada al Oscar, “Mejor guion extranjero” y premiada por el Círculo de Críticos de Nueva York, “Mejor película extranjera”; ha recibido además, el histórico premio de más de cuatro décadas de reconocimiento extraordinario de la sociedad española ratificando con creces su mensaje, el mismo  que la insensata terquedad izquierdista se niega a escuchar.

De los libros

“Era todo menos una persona de trato fácil. No siempre era accesible. Se reservaba el derecho de elegir el momento en que mostrarse seductor, y entonces era la seducción en persona. Había sido comunista, deportado y militante en las filas del pueblo, al que sabía hablar como nadie. No hacia nada por ocultar que procedía de una familia de la alta burguesía, de diplomáticos, educado por institutrices, y de que sólo se sentía a gusto entre escritores, a condición de que fueran además filósofos. De su inmensa cultura,  extraía citas que fluían a cada instante en la conversación, siempre presentes en sus libros, sus ensayos. Para defender Europa, de la que era acérrimo partidario, solía citar a pensadores como Edmund Husserl, Jan Patochka, Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno, siempre a Léon Blum, un político al que situaba por encima de los demás, y a René Char, cuya obra parece haber marcado el ritmo de su vida. Su única veleidad mundana era relacionarse con artistas, creadores y políticos.” (p. 283)

Jean Daniel (2012): Los míos. “Jorge Semprún: la gallardía de un hidalgo castellano”. Galaxia Gutenberg, S.L. España.

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