Mi Caribe…

Mi Caribe es un mar que baña y limita las fronteras: desde el sur de la Florida hasta la Guyana Francesa.  Es  una tierra de migraciones, voluntarias o forzadas, que acogió a europeos y africanos, a chinos, indios, árabes, y tantos otros, y que ahora impulsa a sus gentes a abandonarla, por el maltrato de gobiernos despóticos o corruptos,  y a fundar nuevos caribes en las metrópolis del norte para resarcir la nostalgia. Es una tierra de errancia que se mitiga con ese ir y venir en una guagua aérea.   Es una música que se lleva en las maletas y traduce el encuentro de gentes y de culturas. Es una historia escrita con letra pequeña que hace a la Historia grande.

por Mireya Fernández Merino

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Muchos son los mapas y sus indicaciones. De eso saben bien los científicos sociales. Relieve, población, división política. Pero la selección de uno, de cualquiera, como el que encabeza las presentes líneas, significa una toma de posición. Limitamos un espacio y lo bautizamos con un nombre. Es nuestro Caribe, no el de todos.

Para muchos, los miles de personas que habitan en alguno de los tantos países, ciudades, pueblos o caseríos que podemos señalar en el mapa, el territorio y el nombre empleados para denominar la región carecen de importancia. Ellos viven, sufren o gozan en un entorno concreto, el lugar que habitan; su aquí y su ahora.

Quienes nos hemos dedicado a su estudio desde nuestras respectivas disciplinas, sabemos, por el contrario, que más allá de compartir esa experiencia cotidiana –haber nacido y vivido en Caracas es formar parte de ese entorno- la complejidad de este territorio obliga a definir, a demarcar espacial y conceptualmente, qué se entiende por Caribe.

Los nombres a lo largo de estos siglos desde que el navegante genovés arribara a las costas de Guaraní, han cambiado y remozado su contenido: Antillas, Indias Occidentales, Caribe, Gran Caribe. Como bien han señalado los especialistas: cada uno responde a una perspectiva, la del yo de la enunciación que, en ese acto de nombrar, deja la huella de su visión del mundo.

Las primeras denominaciones son un buen ejemplo. La de Indias Occidentales conjuga la creencia y la realidad: el plural y la calificación espacial revela la toma de conciencia de haber llegado a otro espacio distinto de aquella Catay, que espoleó la imaginación de exploradores del siglo XV. En el caso de Antillas, el vocablo encierra el viejo mito y lo remoza: la Ante-Ila, la isla de las Siete Ciudades, refugio de los valientes monjes se multiplica, como en un espejo de feria, en el rosario de islas donde recrear la sociedad adánica; viejo sueño que cobra fuerza y se perpetúa en el imaginario sobre la región, dentro y fuera de sus fronteras, inclusive en nuestros días.

Completa esta selección de mitos y realidades la denominación más difundida en la actualidad: Caribe. El arrojo y defensa de la etnia que había emprendido su propia conquista del espacio insular desde las costas venezolanas, la convierte en devoradora de hombres, caníbales, cuyo nombre justifica ante los imperios europeos, la dificultad de encontrar las riquezas prometidas. La historia y sus paradojas. Su exterminio voluntario o involuntario, por soberbia o ignorancia, encuentra reivindicación en la perpetuidad del nombre de aquellos que gritaban en la lucha “anacarine rota”.

La disertación sobre el bautizo recurrente de la región no está completa si olvidamos los límites que encierra: para algunos solo islas; para otros, islas y costa continental. El debate está servido y siempre abierto; trasciende los límites y el propósito de estas páginas.

Las imposiciones académicas, el tránsito por estos vericuetos epistemológicos, nos han obligado a limitar y justificar nuestra postura. Hoy, sin olvidar, lo aprendido, se suma ese otro aprendizaje que nos ha ofrecido el contacto con ese espacio y su gente; lo que jocosamente entre amigas –sí en femenino- denominábamos “la experiencia antropológica”, y que encierra los afectos sembrados en más de una isla o costa caribeña.

Mi Caribe es un mar que baña y limita las fronteras: desde el sur de la Florida hasta la Guyana Francesa; islas y costas acariciadas y batidas por sus aguas que interconectan experiencias coloniales: la trata, las plantaciones; semejanzas, pese a las diferencias de algodón o azúcar, café o cacao. Es un espacio de vientos y huracanes que llegan desde la lejana África, evitando el olvido de la semilla sembrada a golpe de esclavitud. Es una tierra de migraciones, voluntarias o forzadas, que acogió a europeos y africanos, a chinos, indios, árabes, y tantos otros, y que ahora impulsa a sus gentes a abandonarla, por el maltrato de gobiernos despóticos o corruptos, y a fundar nuevos caribes en las metrópolis del norte para resarcir la nostalgia. Es una tierra de errancia que se mitiga con ese ir y venir en una guagua aérea que enlaza tiempos, espacios y sentimientos encontrados. El Caribe es una música que se lleva en las maletas y traduce el encuentro de gentes y de culturas. Es una historia escrita con letra pequeña que hace a la Historia grande.

 

De los libros

                    “Más que una geografía hecha de volúmenes concéntricos, más que una historia sorprendente –en la que los países de Europa se   desgreñaron, como placeras de mercado pescadero en Barranquilla, Kingston o La Habana, mientras en su vetusto asiento secular aparentaban conservar su apariencia de maduras naciones dueñas de civilización profunda -; más que un oloroso melting pot donde todas las religiones y mitos hallaron lenguajes de convergencia, más que un carnaval de inapresables límites, el Caribe, es precisamente, un ámbito maravilloso, donde la esencia transformada y transformante de la sociedad humana se levanta de continuo, como un Proteo capaz de mostrarse en todas las imágenes posibles de lo humano.”

Ana Margarita Mateo Palmer y Luis Álvarez Álvarez (2004): El Caribe en su discurso literario. México, Siglo XXI, p. 226.

 

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