Primavera borrascosa

¿Cuánta democracia representativa habrá traído la Primavera Árabe? Observemos la situación en Egipto; un ejército profesional, laico, pro-occidental, contrapeso político activo, y un gobierno civil guiado por los Hermanos Musulmanes, pero sometido a tutela militar. Esa primavera tiene la atmósfera cargada.

por Alejandro Arratia

Pronosticar el futuro político y social del mundo árabe es una imprudencia temeraria. Los hechos, en pocas semanas o días, hacen trizas ostentosas opiniones; sin embargo, desde que estalló la revuelta en Túnez (diciembre 2010) un alud de análisis instantáneos ha copado los medios de comunicación y cientos de libros exponen su verdad. Los alzamientos barrieron las dictaduras de Túnez, Egipto, Libia, Yemen y amenazan a Al-Assad, el genocida de Siria. Movimientos de menor intensidad moran en Argelia, el Líbano y Arabia Saudita. Otros cambios pueden producirse y esa zona del mundo ya no es ni será la misma que conocimos en el siglo XX. El rótulo “primavera árabe” evoca con imprecisión los derrocamientos de las dictaduras comunistas en Europa (1989). Lejos la analogía. No hay parecido y la trascendente discusión que versa acerca de si es posible o no exportar la democracia representativa, ha dado paso a cierta perplejidad.

Sacar del poder a Ben Ali, a Mubarak, a Gadafi, al chamuscado Abdula Saleh, a otros tiranos de su calaña y parte de los grupos que medraban a su sombra, es un avance extraordinario que ninguna evaluación académica puede desconocer y ningún político serio subestimar. Júbilo sincero por la valoración que la mayoría de la población y un sector significativo de las elites árabes han hecho de la democracia como el mejor sistema de gobierno. Algunos de esos procesos ya transitaron el camino electoral; los Hermanos Musulmanes hicieron sentir su fuerza de primera minoría organizada y ganaron las elecciones en Túnez y Egipto. Las cosas sucedieron como podían suceder y aún es temprano para los juicios conclusivos.

manifestantes en El CairoHablemos solamente de Egipto, así reducimos generalizaciones. Por una parte, un ejército profesional, laico, pro-occidental, copartícipe en 60 años de opresión, ahora contrapeso político activo. Por la otra, un gobierno civil sometido a tutela militar, con el recurso de una población que comprobó las posibilidades de la protesta callejera. Esa primavera tiene la atmósfera cargada.

No profetizaremos acerca de la democracia en Egipto. Las elecciones constituyen un pilar imprescindible, pero no es suficiente que la población ejerza ese derecho para definir la legitimidad de un gobierno. Experiencias como esta, abundan en Latinoamérica. En las actuales condiciones, la pregunta adecuada es, ¿cuánta democracia? Norberto Bobbio nos ayuda a responder: “entre el despotismo puro y la democracia pura hay cientos de formas diferentes, más o menos despóticas y más o menos democráticas. Puede suceder que una democracia controlada sea el inicio del despotismo, así como un despotismo moderado sea el inicio de una democracia; pero hay un patrón de medida, y éste es la mayor o menor cantidad de espacio reservado al disenso” (El Futuro de la Democracia. 2003. pp. 72-73)

Deberíamos entonces estar informados continuamente para otorgar valores entre los extremos opuestos: democracia y dictadura. La variación de las magnitudes respecto a conceptos ideales se fundamenta en el discurso y la acción gubernamental y, en general, en la dinámica de la sociedad. Observar con categorías de la democracia moderna: la Constitución es un pacto inviolable. Libertad política y competencia pacífica por el poder. Sistema de elecciones confiable y regular. Funcionamiento de los partidos políticos. Ejercicio del poder con base en el pluralismo y el consenso. Poderes públicos diferenciados y autónomos. Libertad de información y de organización. Separación de los ámbitos privado y público. Protección a la propiedad privada. Libertad económica. Vigencia del estado de derecho. Vigencia de los derechos humanos. Control del poder civil sobre el poder militar. Y hay lugar para más.

La medición reflejará valores, principios, actitudes y comportamientos universalmente establecidos para identificar y distinguir los regímenes democráticos de los autoritarios; pero reiteramos, siguiendo al maestro Bobbio, que entre los dos extremos existen formas intermedias.

De los libros.

“…el califato era más que una idea de Egipto, más que una idea de Palestina. El califato era un proyecto que incluía el mundo entero. Y ¿cómo se organizaría la vida bajo ese mando global? La cita de unas pocas frases de Hacia la luz sirve para captar el tono de las propuesta de Al Bana (fundador de los Hermanos Musulmanes): <Fin de la dicotomía entre las esferas privadas y profesional>, <imposición de duras penas a las ofensas morales>, <reconocimiento de que la fornicación, sean cuales sean las circunstancias, es un delito detestable cuyo autor debe ser azotado>, <prohibición de bailar y de entregarse a otros pasatiempos similares>, <purga de canciones>, <confiscación de relatos y libros provocativos que plantan la semilla del escepticismo y la insidia>, <castigo a aquellos a quienes se demuestre que hayan infringido la doctrina islámica o la hayan atacado>, <instigación activa a memorizar el Corán en todas las escuelas gratuitas de enseñanza primaria>, etcétera. Al Bana defiende el militarismo islámico que, dice, será superior al del fascismo de Mussolini, al del nazismo de Hitler, al del comunismo de Stalin, porque, mientras esos otros movimientos abogan por la pura fuerza, el militarismo del islam prefiere la paz. Al Bana defiende que se respeten los derechos de los grupos minoritarios no islámicos, aunque, según especifica en algunos escritos, a los no musulmanes se les pedirá que paguen tributo en espíritu de <humildad>, lo que significa que, en un futuro gobierno califal, los no musulmanes gozarán de los derechos de ser una población sojuzgada.”

Paul Berman (2012): La Huida de los intelectuales. Barcelona: Duomo, p.40.

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