Transfusión de plasma en fase terminal

La incendiaria e irresponsable frase, “que no quede nada en los anaqueles”, marco el comienzo del fin del ‘bolivarianato’. El  09/11/2013 tuvo lugar el Día de los Plasma y los Pantalla Plana; la autocracia quedó desnuda frente a tres alternativas: una, no hacer nada, resignarse ante la pérdida del poder; dos, reinventarse, democratizarse y cambiar de política económica, para capear la profunda crisis; y la tercera, asumir su desnudez   recurriendo a la fuerza de las armas y de la represión policial para intentar conservar el control del país.

por Manuel Narváez

Walter J. Lindner, el actual embajador de Alemania en Venezuela, es un personaje que resulta bastante heterodoxo en el atildado y conservador mundo de la diplomacia. Porta una larga y desaliñada cabellera de hippie cincuentón, y por lo que dejan entrever las crónicas sociales, no desaprovecha ocasión para, en el piano o con la flauta, entregarse a la cadencia sensual del son cubano. Me cae simpático ese embajador, imagino que sería agradable conversar con él sobre el destino trágico en La Otra Isla (*), del alemán que amaba a los gallos. Por supuesto, con jarros de cerveza y muchas salchichas.

Cuatro semanas atrás, con motivo de los 75 años de La Noche de los Cristales Rotos, aquella que transcurrió el 9 de noviembre de 1938, el embajador Lindner ofreció estos comentarios en una entrevista para el diario El Universal de Caracas: <<Esa noche los nazis incendiaron 1.400 sinagogas, edificios magníficos. Mataron a miles de judíos. Destruyeron miles de tiendas de judíos. Llevaron a 30 mil presos a los campos de concentración. (…) Los nazis culparon a los judíos por todo: la inflación, el capitalismo, todo lo malo en una sociedad, los crímenes. Los culpables eran los judíos. Y la gente poco a poco lo creyó por esa propaganda. Por eso es muy importante conmemorar en todas las sociedades la “noche de los cristales rotos”. En Alemania tenemos mucho cuidado con el lenguaje porque el lenguaje es peligroso>>

Saqueos Venezuela

Lamentablemente el presidente Maduro ignoró las sensatas palabras del embajador Lindner y, en lugar de conmemorar aquel triste acontecimiento, decidió reeditarlo en versión tropical. La víspera del aniversario, pronunció la irresponsable e incendiaria frase: “que no quede nada en los anaqueles”. Ahora los venezolanos recordaremos que el 9 de noviembre de 2013 tuvo lugar el Día de los Plasma y los Pantalla Plana; recordaremos que ese día comenzó la ofensiva final del proyecto de polarización extrema a través de la exacerbación del odio. Recordaremos también que esa fecha marcó el comienzo del fin del ‘bolivarianato’. Rememoraremos esos acontecimientos, pero hoy ellos nos obligan a unas conjeturas previas a las elecciones del 8 de diciembre.

La autocracia electoral petrolera que rige los destinos de nuestro país entró en fase terminal. Además de los evidentes signos de descomposición material y de envilecimiento espiritual de la sociedad venezolana, dos elementos permiten llegar a esa conclusión.

El primero, la pérdida de potencia de su motor económico: desde hace tres años los precios del petróleo dejaron de crecer. Para un gobierno populista cuyo objetivo es la captura de la renta petrolera para utilizarla con el fin de acumular y  conservar el poder, el estancamiento de los precios petroleros resulta catastrófico.

El segundo elemento es el proceso de erosión de la base de apoyo popular  luego de la muerte del presidente Chávez. Por esta razón ya no será posible ganar elección tras elección (diseñadas todas como plebiscitos sobre la figura del teniente coronel) como ocurría en el pasado. Así pues, habiendo perdido el fuelle financiero y ante la imposibilidad de utilizar cómodamente la hoja de parra electoral para obtener legitimidad de origen, la autocracia queda desnuda frente a tres alternativas.

La primera, no hacer nada, resignarse ante la pérdida del poder. La segunda, reinventarse, democratizarse, cambiar de política económica para capear la profunda crisis que ya está cantada para el próximo año, y para afrontar el exigente cronograma electoral que comienza en el  2014 con la elección de diputados al Parlamento del Mercosur, y termina en el 2018 con la presidencial. La tercera, asumir su desnudez (no más hoja de parra pudibunda) recurriendo a la fuerza de las armas y de la represión policial para intentar conservar el control del país.

La primera y la segunda opción me parecen muy poco probables; la tercera, francamente tenebrosa. Ruego porque los resultados del 8D cambien el panorama y entonces sea posible vislumbrar alternativas menos traumáticas para la resolución de esta fase terminal.
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(*) Francisco Suniaga (2005): La otra isla. Novela ambientada en la isla de Margarita, Venezuela.

De los libros

“Sería aquella suma de sueños y deseos, unido a lo que Daniel Kaminsky luego juzgaría como un profundo espíritu de sumisión y una paralizante incapacidad de comprensión de lo que estaba ocurriendo, la que les robaría unos meses preciosos para intentar alguna de las vías de escape ya practicadas por otros judíos de Leipzig, que, menos románticos e integrados que los Kellerstein, se habían convencido de que no solo sus negocios, casas y relaciones estaban en juego, sino, y sobre todo, sus vidas, por el hecho de ser judíos en un país que había enfermado del más agresivo nacionalismo.
La compacta confianza en la gentileza y urbanidad alemanas con las cuales habían convivido y progresado por generaciones, no salvó a los Kellerstein de la ruina y la muerte. Si para aquella época ya los judíos alemanes habían perdido todos sus derechos  y eran parias civiles, entonces se dio otra vuelta de tuerca que convertía su condición religiosa y racial en un delito. La noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, (…) los Kellerstein prácticamente lo perdieron todo durante la jornada negra de los Cristales Rotos” (p.39)

Leonardo Padura (2013): Herejes. TusQuets Editores. España.

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