Venezuela, primero derrocar la dictadura

El rito celebratorio del 23 de Enero 1958 lo presenta como un movimiento “cívico militar” que derrotó en la calle a la dictadura, soslayando la enseñanza vital de aquellos acontecimientos: a mediados de 1957 la caída de la dictadura era una quimera, ocho meses después una realidad. El arte de la política había venido tejiendo desde 1956, mediante la revisión de los errores precedentes, la laboriosa unificación de fuerzas políticas y sociales que confluyeron con la crisis militar e hicieron posible ese final heroico y feliz.
Por Alejandro Arratia
El lunes de la presente semana se cumplieron 59 años del 23 de Enero 1958, fecha emblemática de las luchas venezolanas por la democracia. El rito celebratorio presenta un movimiento “cívico militar” que derrotó en la calle a la dictadura. La simpleza truca el hecho. Hubo un “clásico” golpe de estado con la novedad de su consolidación institucional en la medida que logró agrupar a las corrientes conspiradoras bajo la dirección de los altos mandos. La Junta Militar reflejó el carácter del golpe al estructurarse con representación de las tres fuerzas y también del perejimenismo. Al día siguiente el movimiento popular en la calle, apoyado internamente por militares rebeldes, impuso la recomposición de la Junta sustituyendo a los oficiales afines a la dictadura por dos civiles del sector productivo que habían estado en la conspiración y simbolizaban en ese momento la presencia del poderoso componente ciudadano.
La ausencia de caudillos y logias militares que capitalizaran el derrocamiento del dictador dio el carácter institucional, caso único en 128 años de azarosa vida republicana. La dirección unificada de las agrupaciones civiles, con poder de acción paralelo al estamento militar, es el otro pilar de la jornada. Civiles y militares actuaron hasta diciembre del `57 con muy escasa comunicación. En la acera castrense hay que destacar: Pérez Jiménez gobernó a nombre de las fuerzas armadas, pero el dictador y su camarilla se aislaron del ejército y en los cuarteles creció la crítica y el descontento, imposible de sofocar con represión de la policía política. Del lado civil: la iglesia irrumpió con la significativa Carta Pastoral del 1º de mayo 1957 en franco y decidido rechazo a la dictadura, y en junio se conformó la Junta Patriótica (AD, COPEI, PCV y URD) dando un impulso definitivo a la rebelión de estudiantes, gremios profesionales y la mayoría de la sociedad.
La Junta Patriótica asumió la defensa de la Constitución hecha a la medida del dictador y promulgada el 15/04/1953 (difícil encontrar un documento más espurio) denunciando el fraude de sustituir las elecciones por un plebiscito. La Junta informada del descontento en los cuarteles y con la autoridad adquirida como representante de la población organizada, el 29 de diciembre exigió a las Fuerzas Armadas cumplir el deber de velar por el acatamiento de la Constitución Nacional. El 1º de enero se produjo un levantamiento militar fracasado pero definitivo para la descomposición del régimen. A mediados de 1957 la caída de la dictadura era una quimera; ocho meses después, una realidad. El arte de la política lo había venido tejiendo desde 1956 mediante la revisión de los errores precedentes en la década 1945-56, mientras se desarrollaba la laboriosa unificación de fuerzas políticas y sociales que confluyeron con la crisis militar.
Los que lideran hoy el movimiento democrático deberían preguntarse: ¿Qué sabemos de la naturaleza del régimen? ¿Nuestra actuación ha estado a tono con ese saber? Conocer al enemigo es una premisa ineludible en cualquier confrontación política o militar. Al dirigente no se exige que tenga actitud de analista y enfrente los problemas con dotes de politólogo o sociólogo, comportamiento que los haría ineptos para cumplir sus funciones. Además de inconveniente es imposible que en la hora de las decisiones actúe como si fuera científico social. En una crisis el conocimiento teórico es útil al líder si ha “dado lugar a una capacidad semi-instintiva, como la de leer sin estar consciente al mismo tiempo de las reglas del lenguaje” (Isaiah Berlin). Permitan advertir que estas líneas no son reconocimiento y menos aún elogio a la crasa incultura que algunos muestran en el tratamiento de asuntos elementales sobre los cuales deberían estar informados.
La actual dictadura quiso ser comunista totalitaria: controlar absolutamente la vida cotidiana, imponer un partido político único, obligar al alineamiento de niños, jóvenes y familias en organizaciones oficiales, y normalizar celebraciones laudatorias. En la sociedad globalizada, limitados por las condiciones legales de acceso al poder y precedidos de cuatro décadas de democracia representativa, la plena realización del objetivo fue imposible. La cara tramposa permaneció y la dictadura avanzó cual régimen populista dependiente del castro comunismo. No es una dictadura tradicional latinoamericana, tampoco democracia; diferenciación básica y elemental. Las elites y la población desenvuelven actividad privada y pública en el dédalo del autoritarismo y derechos civiles controlados, la neolengua gubernamental funciona dentro y fuera del país para equiparar el laberinto autoritario a una sencilla democracia renovadora.
Los lectores reprocharán con sobrada razón: “ha descubierto el agua tibia”, “nada nuevo”. Lo obvio suele ocultarse, a veces debemos subrayarlo. Quizás uno de los obstáculos para la comprensión del régimen entronizado en 1999 haya sido la ausencia de análisis riguroso -sí exigente, a la usanza de los partidos programáticos- del movimiento incrustado en la democracia representativa, que logró la presidencia y desde el primer día acometió la destrucción de la estructura institucional. No hablamos de la inteligencia individual de los líderes –esa no es nuestra pretensión- abogamos por el entendimiento colectivo de los partidos y grupos sociales. Comprender el momento sería un antídoto contra la dispersión. En las actuales condiciones del país posponer intereses personales (y grupales) no es altruismo pues, para aquellos que lideran sinceramente las fuerzas democráticas no existe objetivo digno alcanzable sin la previa derrota de la dictadura.
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